sábado, 30 de enero de 2010

OLOR DE CAMARERO


Hallábame el otro día con un colega, chef de un importante restaurante de hotel, en la cocina de un común amigo, también colega, con ocasión de participar en una gala gastronómica. El chef anfitrión, nos llevo a ambos, a cambiarnos el vestido de paisano, por el traje de luces, a una sala continua y cercana a su mismo despacho. Al entrar, mi amigo y colega, levanto un poco la nariz, y olfateando el aire, como sabueso que busca trufas, puso cara de póquer y sentenció: aquí huele a camarero.

Todos reímos, y mientras lo hacíamos, pensé, que efectivamente, los camareros tienen o desprenden un olor propio y característico. Huelen de hecho a varias cosas muy concretas, y la mayoría de ellas, específicamente causadas por su misma uniformidad. El camarero huele, sobre todo, a dos cosas: a laca y a betún para los zapatos; el olor mas suave del aftershave y de el agua de colonia, son matices mas discretos que completan un perfume característico. Claro esta, que tan solo huele así aquellos que son realmente buenos profesionales; por que hay otra clase de tipos, que desprenden aromas mucho menos, “profesionales”; mas de un cliente ha visto su olfato agredido, cuando la axila del camarero, se ha abierto demasiado cerca de su nariz mientras le servía el vino.

Otro olor característico y también desagradable, es el del tabaco. Me explicaba un día un cliente de mi restaurante, que estando el invitado a un banquete en un gran hotel, se percato asombrado, que la mayoría de los camareros que servían las mesas, desprendían un fuerte olor a cenicero, a tabaco. Y lo que mas le extrañó, es que aparentemente, ninguno de ellos fumaba. Mas tarde, movido por la curiosidad, se coló, como por error, en el office, - la sala en donde los camareros, entre otras cosas, preparan sus bandejas y enseres, además de descansar momentáneamente entre servicio y servicio - . Allí pudo observar, como los camareros fumaban, reunidos en pequeños grupos de dos o tres individuos. Pero el mal olor, no lo producía este hecho, si no que cuando eran requeridos en el comedor, lo que hacían, es guardarse el pitillo en el pequeño bolsillo lateral del chaleco, después de apagarlo mojándose los dedos con saliva. Lógicamente, al cabo de unos cuantos banquetes, aquel bolsillo olía a mil demonios.

La frase de mi colega aquel día, parecía una broma, y de hecho, no lo era; como todo el mundo sabe, o debiera saber, cocineros y camareros, jamás se llevaron realmente bien. A pesar de todo, nos fuimos a cambiar a otro sitio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario