lunes, 4 de enero de 2010

PATATAS, ABUELAS, UN PINCHE Y EL GATO.



Parte 1.
Pudo haber sucedido cualquier día. Estaba, puntilla en mano, preparando patatas inglesas. Un trabajo rutinario que realizaba medio adormecido por el calorcillo pegajoso de la cocina. Entre mis dedos, las pequeñas patatas giraban como fragiles huevos, mientras eran despojadas de sus pieles ocres en forma de gruesos pétalos. Con los extremos afilados y la cintura bien torneada, cada una de ellas caía, junto a otras idénticas, en un cazo de agua haciendo un sonoro ¡ glup! y salpicándome la cara. Esto hacia que me detuviera, tan solo un segundo, pero lo suficiente para darme cuenta de que aquel pinche, en vez de barrer el suelo de la cocina, se contorneaba con la escoba entre los brazos, como con una escuálida y apática pareja de baile.


Decidido a reprender, violentamente si fuera necesario, al pinche díscolo, pensé en ir hacia él mientras trataba de recordar su nombre; cuando entró en la cocina un pequeño grupo de personas. Contrariado por la interrupción, me dirigí cual amable anfitrión, hacia los recién llegados y enseguida comprobé que se trataba de una visita colectiva a cargo de nuestro maître, que caminaba tras ellos como un uniformado Cicerón. Enseguida localice a la simpática abuela y siguiendo su atónita mirada, me di cuenta al instante , que se había fijado en las gruesas pieles de patata que quedaban sobre la mesa. Oí como le cuchicheaba a su más inmediato acompañante: .- vaya desperdicio….-


Trate de explicarle, como si tuviera la obligación de justificarme, la necesidad del desperdicio para obtener los deseados resultados estéticos, y que la cocina de un restaurante de lujo, no era el lugar mas idóneo, para poder poner en practica actitudes éticas sobre el problema del hambre en el mundo. Sin embargo, la venerable anciana, que probablemente había vivido tiempos infinitamente peores, no salía no de su asombro ni de su escepticismo. Me di cuenta de que era inútil tratar de convencerla, era una conversación que ya había tenido, con idéntico y nulo resultado, con otras abuelas; así que proseguimos el tour culinario, mostrándoles mis metálicos dominios, a aquellos inoportunos curiosos ¡obligaciones del chef moderno! Mientras tanto, de reojo, vigilaba al pinche de la escoba, y perplejo, me di cuenta de que había desaparecido. Me acerque hacia la ventana con disimulo, y lo vi, corriendo como un demente, tras algo peludo que parecía ser un gato. Note cierto calor cubriendo mis mejillas y la energía negativa de la ira nublándome el conocimiento. El castigo seria atroz, desproporcionado y cruel como la pesadilla de un tirano medieval.


Caminaba frente a mis invitados, que escuchaban mis explicaciones, como si en verdad las entendiesen, o les importasen. Me fije en la abuela, que pasaba sin recato los dedos sobre todas las superficies mas o menos brillantes, y después, se los restregaba en su vestido, como liberándolos de una imaginaria infección. Estaba resultando aquella una abuela poco entrañable, por describirla elegantemente. Pensaba mientras la miraba, y trataba de que ella me viera mirarla, en otras abuelas más o menos entrañables, que había conocido a lo largo de mi aprendizaje culinario.

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