jueves, 7 de enero de 2010

PATATAS, ABUELAS, UN PINCHE Y EL GATO.


Parte 2

En primer lugar, recordé a una que pareció quererme como a un hijo, y ¡como no! , a su costumbre de comprobar la honradez de pinches y aprendices dejando, como por descuido, algún billete pequeño, sobre la mesa, para después apostarse tras un agujero en la pared. El chico que caía en la tentación sin sospechar la trampa, perdía el empleo inmediatamente. Aquella abuela, de cocina no me enseño nada, pero si a estar despierto y atento.

Tan solo tenía dieciséis años, cuando conocí a aquella abuela gorda. Una mujer ya muy mayor, venerable, que después de llevar toda la vida la cocina de un pequeño restaurante en el Empordanet, se resistía a abandonar su lugar frente a los fogones. El primer o segundo día que trabaje a su lado, puso en mis manos una enorme sepia fresca recién traída del mercado. Me pregunto si sabría limpiarla correctamente, y yo, que tenia aquella edad en que uno lo sabe todo, le dije inmediatamente que por supuesto. Me dejo solo con aquella bestia mitológica y unas tijeras en las manos. Al cabo de los diez minutos más largos de mi vida, había esparcido tanta tinta negra a mí alrededor, que parecía que alguien hubiese apagado la luz. Cuando aquella venerable abuela regreso, y me localizo en medio del desastre, tratando inútilmente de limpiarme las manos, se enfado tanto, tanto, tanto…

Algún tiempo más tarde, en otro lugar no demasiado lejano; otra abuela me enseño a hacer una salsa que servia para todo. Apenas recuerdo la receta original; pero se componía básicamente de pan frito, cebolla, perejil, almendras tostadas, hígado, de carne o pescado, según para que fuera la receta, vino blanco y algunas cosillas mas o menos importantes. La salsa se preparaba en poco mas de diez minutos, y quedaba siempre bien. Pero lo que mas me interesaba de aquella abuela, era su nieta, mas o menos de mi edad, a la que perseguía constantemente, cada vez que se acercaba por la cocina. La abuela tenía un marido cantamañanas y un nieto risueño que soñaba ser marinero.

Otras abuelas, propias o ajenas, han pasado por mi vida profesional, y casi todas ellas me han enseñado algo. Probablemente, ninguna de ellas, como aquella que aquel día visitaba mi cocina, podría llegar a entender la necesidad de desperdiciar media patata con el único fin de darle determinada forma.

De algún lugar llego el maullido desesperado del gato. Me excuse con mis invitados y salí de la cocina rápidamente. Al llegar al patio y comprobar lo que estaba haciendo el pinche, me sentí furioso. El tipo sujetaba al gato por el rabo y tiraba de él para sacarlo del agujero, en donde el pobre animal trataba de esconderse. Aquello era demasiado. Me acerque a el y le agarre por el cuello por sorpresa. El pinche, sorprendido y asustado, se giro inmediatamente mirándome como el que ve a Satanás. El gato aprovecho el momento para desaparecer como si también le persiguiera el demonio. Le dije que subiera para la cocina, y apreté su cuello un poco mas; le dije que me esperara, y seguí apretando, le dije que se iba a enterar de la talla de mis zapatos, y seguí apretando mas y mas. Cuando considere que apretar mas, seria ya un delito, lo solté y deje que saliera corriendo.

Di por finalizada la visita turística, y regrese a mi trabajo. Uno de mis cocineros tenia ya un cazo lleno de blancas y bien torneadas patatas para cocinarlas a la inglesa. Las coloque sobre el fuego, puse sal, un chorrito de limón y las deje cocer despacio. Mientras el vapor del agua hirviendo trepaba por las blancas baldosas de la cocina, y yo refrescaba mi garganta con una cerveza bien fresca, un pinche cretino, pelaba patatas arrodillado bajo la mesa del cuarto frío.

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