miércoles, 18 de julio de 2012

CABEZA DE CERDO - Parte cuatro-



Perdiendo la cabeza.

La cosa no salió bien. Las fotos de Ötzi no tuvieron la aceptación esperada, ni las de la pecera, ni las que lo mostraban vestido de chef. El tema se estaba complicando, mi triunfo en la fotografía artística no llegaba, i el pobre de Ötzi, empezaba a tener mal aspecto en su estantería del congelador. Presente las fotos en varios concursos, e incluso pasee con ellas en las redacciones de la revistas de fotografía de la época, donde me dijeron algo así como que no encajaban en lo que se llevaba en ese momento, las tendencias. En una redacción, un tipo con barba me explico, mientras me mostraba una colección de fotografías en blanco y negro de sillas, muchas sillas, muchas fotografías, todas aparentemente iguales, que una obra singular debía enmarcarse en un contexto creativo, una especie de guión grafico con argumento, o algo parecido. Total, que debía complementar mis fotos de Ötzi con una colección de fotografías parecidas, crear una autentica obra completa.


Era eso. Y estaba decidido. Ya que nadie quería publicar mis fotos, haría mi propia exposición. Y no iba a ser una exposición placida, relajada i amable con el espectador, si no una autentica galería de imágenes gores, sangrientas, hirientes; quería que el papel fotográfico soportara un universo siniestro, oscuro, complejo y rebosante de emociones. El Titulo llego pronto: EXS ¡

Durante unos días corte cabezas a diestro y siniestro, convertí la cocina en una autentica sala de los horrores. Decapite conejos, pollos y patos, y jugué con sus cabezas como con un rompecabezas macabro y sangriento. Aquellos que estaban a mi alrededor me miraban anonadados, desconcertados, sin comprender el fin de mis acciones, el objetivó final de aquella barbará e innecesaria carnicería, festival de casquería y desfile de cráneos con los que yo pasaba las horas. Quería conseguir la imagen mas dura, la mas molesta, la mas difícil de ver. Clavetee cabezas de pato y las pinte de colores para hacerlas mas incomprensibles, jugué con ellas y hasta dispuse sangrientas cabezas de conejo saliendo de la barriga de infantiles muñecas, como alliens enfurecidos. Eran imágenes impactantes, inhumanas, que a nadie dejaban indiferente, un autentico horror. Disparaba fotografías como un loco, incesantemente, estaba obsesionado por la imagen final, la definitiva, aquella que iba a ser cabeza de cartel, la imagen. Ötzi también obeservaba todo aquel frenesí con una mirada agria de incomprensión, creo que se sentía desplazado en aquella barbarie, y mí miraba fijamente como diciendo: Tío, estas perdiendo la cabeza. Una tarde, saque a Ötzi del congelador, y le pegue un hachazo en mitad de la frente.

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