jueves, 12 de julio de 2012

CABEZA DE CERDO - Parte tres -






Cabeza de chef 

Cada noche, finalizaba mi ronda por las cámaras, elaborando la lista de la compra para el día siguiente, en el congelador. Allí estaba Ötzi, como le llamábamos todos tras unas semanas de estar con nosotros, mirando fijamente a quien entrara, como llamando la atención, tal vez buscando conversación; lo cierto, es que pasado un tiempo, ya nadie la hacia demasiado caso; de vez en cuando se caía al suelo, dando humillantes volteretas y golpeándolo todo con sus afiladas orejas congeladas. Lo recogían sin miramiento ninguno y lo lanzaban de nuevo a su lugar, como un objeto inanimado, sin consideración ninguna. Aquello me enojaba, y de vez en cuando tenia que amonestar a algún cocinero por ello, después colocaba a Ötzi en su lugar y el me miraba agradecido. A menudo me sentaba en una caja de merluzas chilenas, o sobre un fardo de calamares, y dejaba pasar el rato a 22º bajo cero mientras charlaba con Ötzi.

- Que vamos a hacer amigo? Te estas estropeando y no se que hacer contigo…no me mires así, ya se me ocurrirá algo.

Y una tarde cualquiera, se me ocurrió. De repente, como se me ocurren casi todas las cosas importantes, quería hacer fotografías artísticas que fueran las mas originales del mundo. Así, con el convencimiento que suele otorgar la ignorancia, y la osadía de la juventud. Me lleve a Ötzi a casa, y sin dudarlo un segundo, siguiendo ese arrebato repentino de inspiración, lo vestí de chef. Y lo hice bien, con todos los atributos necesarios un alto gorro tipo toque, una blanca americana de botones redondos, de algodón y hasta un autentico bigote de chef, un señor mostacho que podría honrar la cara de cualquier gran chef francés. Finalmente, le dispuse un fondo y unas luces adecuadas y dispare la cámara fotográfica. Una semana mas tarde, con las copias en papel de 20 x 30, pude comprobar que el resultado era espectacular. Ötzi ofrecía un autentico aspecto de chef, y no uno cualquiera, si uno de verdad, de aquellos viejos cocineros que impartían conocimientos, y justicia dentro de sus cocinas, un chef de semblante serio y decido, de mirada perspicaz y fuerte carácter. He de decir, que la fotografía de la cabeza de cerdo disfrazada de cerdo era tan veraz, que sentí cierto escalofrió, y no por no haber conocido ya, mas de tres cerdos cocineros. 


Aun así, y ya envalentonado por mi primer éxito fotográfico, decidí proseguir en mi incipiente carrera como fotógrafo artístico y planee aquello que llamaban, una naturaleza muerta, en este caso, muy bien empleado el termino. La siguiente idea fue casi inmediata: Metí a Ötzi en la pecera de casa, frente a la asombrada mirada de mis hijos que no entendían que diablos hacia su padre, con aquella enorme y extraña cabeza de grandes orejas Spock; no estoy seguro que supieran de que animal se trataba, o tal vez, ni llegaron a imaginar que aquello hubiera pertenecido alguna vez siquiera a un animal vivo; probablemente pensaban que se trataba de una grotesca mascara de carnaval. Previamente le había puesto a Ötzi unas gafas de buceo y un tubo para respirar; a través de ellas, parecía observar el falso paisaje marino en el que estaba sumergido, mientras mis peces de colores nadaban nerviosos a su alrededor, alterados por la súbdita presencia de aquella cosa que inesperadamente, ocupaba la mitad de su pecera. Para complementar aquel paisaje surrealista que había creado en la pecera del comedor de mi casa, coloque un tren, con vías y todo, dentro del agua, bajo los morros de Ötzi, que por otra parte, empezaba a descongelarse.

Las burbujitas subiendo desde la almeja gigante, la cabeza de cerdo mirando a través del cristal de sus gafas y mis peces payaso dando vueltas como locos, mientras el trenecito esperaba en las vías que el jefe de estación diera la salida. Era todo un espectáculo daliniano, un autentico delirio; aquella si era la foto que iba a sacar a Ötzi del anonimato de las cabezas cortadas. Dispare las fotos con mi Yashica y lleve ansioso el carrete a revelar.

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