sábado, 8 de septiembre de 2012

Verano del 77 y una Montesa Brio





Era el verano del 77, y aquel tipo era mi segundo o tercer chef. Yo era un ayudante de cocina despistado y risueño, tan interesado en la cocina como en la física quántica. Pero había aceptado un soborno paterno a cambio de trabajar aquel verano en la cocina. Se trataba de una preciosa Derbi Diablo,  que yo  aparcaba en la puerta del garaje del hotel cada día cuando llegaba a las seis y media de la mañana. Pero lo de la Derbi es otro tema. El segundo de cocina también tenía una Derbi, en este caso la clásica  de la época, la Tricampeona, la de tres marchas creo, que se gano el apodo de Derbi Paleta, no hace falta explicar por que. 

El segundo de cocina, en invierno, era paleta, en verano, según el, el mejor maestro que me podía haber tocado en mi corta experiencia culinaria. No recuerdo nada de lo que el cocinaba. De lo que cocinaba el chef si; no mechas cosas tampoco, no voy a engañar a nadie. A mi, lo que me interesaba del chef, era una preciosa Montesa Brio de color rojo con la que venia de vez en cuando a trabajar. Era una autentica joya; clásica ya entonces, la  tenia conservada en un estado de absoluta perfección. Relucía al Sol como un espejo, y al arrancarla, sus dos escapes sonaban deliciosamente metálicos, como una metralleta. Su asiento en forma de guitarra, posteriormente usado en las Impalas, me fascinaba, y ver al chef llegar por la rambla conduciéndola lentamente, con cierta parsimonia, y con un purito en los labios, era para mi autentica poesía visual; una postal de época. 

Otros días en cambio acudía con una sencilla Mobilete de color ladrillo también muy de moda en la época.  Con ella acudía al mercado de la plaza a comprar verduras y frutas para el hotel. El iba como un verdadero aristócrata de puesto en puesto, hablando con paveses y verduleros, removiendo los cestos de mimbre sin apenas consideración, sospesando tomates, pimientos o calabacines y negociando precios como un mercader veneciano. Finalmente, hecha la compra, me tocaba a mí cargar las cajas y disponerlas en una carretilla que el chef arrastraba, mediante un ingenioso mecanismo de su invención, con la Mobilete hasta el hotel. Algunas veces, cuando el chef venia a pie a trabajar, yo sustituía a la Mobilete y corría tras él arrastrando la carretilla cargada de cajas hasta el hotel. Me sentía como los chinitos de los comics de Tintín, que leía por aquella época. Sin embargo, no me parecía en absoluto un trabajo humillante ni vergonzoso, si no que me sentía uno mas de los personajes de aquel gran teatro de la vida que era el mercado de la plaza. 

Como  es fácil imaginar, me pase el verano pidiéndole, suplicándole que me dejara probar la Montesa, pero no lo conseguí.  Al final del verano, se la vendió a un camarero del bar de la esquina, donde el tomaba sus cafés y jugaba a la butifarra. Aquello, si me pareció humillante y vergonzoso. Nunca más vi la Montesa Brio. 

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