domingo, 15 de septiembre de 2013

Mi Vespa 200 DS, una moto iniciática


Si las motos habían sido la causa original de mi entrada en la cocina, aquella  Vespa 200 DS del 79, cumplía a diario el objetivo contrario: alejarme de la ella. Con diez y ocho años recién cumplidos, y el carnet  de moto grande por estrenar, aquella Vespa gigantesca - era alta como una enduro -  fue la primera moto que  tuve con la suficiente potencia como para salir  con ella ha hacer kilómetros de verdad. Nada que ver con la Primavera 75 de mis diez y seis años. Corría como un demonio, en plano y hasta en las subidas. La aguja del velocímetro se ponía en la cifra máxima, 120 km/h, y aun corría más. Ademas, tenia un  mal carácter fantástico,   era brusca, y levantaba la rueda delantera como una fierecilla de moto-cross . Una vez, la policía me pesco después de recorrer medio Platja d’Aro a una rueda. Al cabo de un año,  decidí customizarla pintándola de rojo Ferrari y montándole un tubo de escape Polini, que aumento la potencia de forma considerable. Ademas, le coloque unas bolas metálicas en la pata de cabra central, que rozaban en las curvas cuando plegaba demasiado, cosa frecuente por otra parte, provocando un autentico surtidor  de chispazos que alucinaba a los que venían tras de mi. Aquella  Vespa era una joya, una joya veloz.

Las mías eran rutas casi siempre nocturnas y solitarias por necesidad.  Salía de la cocina a las once o doce de la noche, arrancaba y nos largábamos la Vespa y yo a recorrer carreteras sin destino ni horario fijo. El juego era seguir dando gas  hasta alcanzar el primer cruce en el que encontrara una dirección que jamás había tomado. En el siguiente cruce, lo mismo, y así  hasta que el cuerpo aguantara. De  esta forma, desenredaba cada noche verdaderos laberintos;  que mirándolo desde la distancia y el tiempo, tenían mucho de  iniciáticos,  viajes de descubrimiento personal.  Recuerdo poco de aquellas rutas nocturnas, sin destino final, concreto,  sin reloj. Solo tengo en la memoria, como una película,  el haz de luz de la Vespa marcando el asfalto mas inmediato, y reflejandose en arcenes  oscuros que caían en  un paisaje desconocido;  el viento dándome en la cara y agitándome el pelo, pues entonces, íbamos casi todos sin casco. 

A veces, después de unas horas de rodar alegremente, paraba la Vespa en el arcén de cualquier carretera, en cualquier parte, y detenía el motor. El silencio, la penumbra, el no saber demasiado bien en donde estaba, a cuantos km de casa, hacia que aquellos fueran momentos de gran intensidad, emocionantes;  podía estar a cincuenta km de casa, a ochenta o a mil. Daba igual, estaba yo, mi Vespa, y el mundo entero por descubrir. Alguna noche había dormido en su regazo, aparcados los dos en alguna pineda solitaria, como Lucky Luke y  su caballo Jolly Jumper.  “I’m a poor lonesome cowboy and a long way from home”. 

Aquella Vespa me dio mucho sin pedirme mas que gasolina.  Con ella descubrí la carretera, el viaje, el camino;  y yo la traicione dándola como  vulgar entrada  al tipo que me vendió mi primer coche. Al cabo de unos días,  me dijo que la vendería por que no iba bien,¡ se levantaba demasiado la rueda delantera!. Maldita sea. Un tiempo después, trate de revivir mi pasión con las vespas comprándome la tercera, una 200 Cosa. Fue un fracaso, una Vespa extraña, con pretensiones de scooter japonés y electrónica caótica. La vendí enseguida y tuve que consolarme con la Cappra 250 que tenia en el garaje. Pero esa, es otra historia. 

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