jueves, 4 de febrero de 2010

UN CHEF EN CASA


A mi mujer, como a las de otros cocineros, siempre hay alguien que les dice: ¡¡ Que suerte, con un marido cocinero, no debes cocinar nunca!! . Y ella, se ríe porque le hace gracia. Lo cierto, es que cuando eres principiante, un aprendiz de pinche de cocina, te encanta llegar a casa, y azotar a toda la familia, cocinándoles la primera receta que crees haber aprendido a preparar. Un tiempo después, cuando ya el pinche ha evolucionado a cocinero, las celebraciones culinarias para la familia, van espaciándose, y cuando el cocinero llega a chef- el que llega – en la mayoría de los casos, no cocina prácticamente nunca; tan solo, tal vez, en ocasiones puntuales, cuando hay invitados que agasajar, o amigotes que saciar.

Las razones que justifican este comportamiento son varias. La primera de ellas, es que uno llega al hogar harto de cocinar durante horas y horas, y lo que menos apetece, es seguir haciendo lo mismo en casa, como si la jornada laboral no finalizara nunca. También influye la integración con el entorno; el chef fuera de su cocina, es un ser inadaptado; la cocina domestica es para él como una pequeña jaula en la que no puede desplegar las alas; las medidas de muebles y enseres, las capacidades de utensilios y aparatos, son para el chef como una dimensión desconocida, un espacio en el que se vuelve torpe y balbuceante, y del que a menudo, ha de ser rescatado. Ello nos lleva al aspecto psicológico: el chef, es chef antes que casi cualquier otra cosa, y por tanto, cuando cocina, en sus vastos dominios de acero inoxidable, lo hace amparado en todos los recursos que tiene a su disposición; su poder allí no tiene limite, es infinito y por tanto nadie le discute ni cuestiona nada. La esposa del chef, en cambio, difícilmente entenderá, y aun menos aceptara, las tres cualidades definitorias de su categoría socio-profesional: la omnisciencia, la omnipotencia y la no menos determinante omnipresencia.

Finalmente, al chef no le gusta cocinar en casa, por que contrariamente a lo que sucede en su cocina, frente a los fogones caseros, esta solo; despojado de su corte de gnomos, que van tras él limpiando cuantos utensilios usa, cuantas cazuelas ensucia o cuantas sartenes ennegrece. Son los suyos ayudantes y pinches aplicados, que van tras su jefe tratando de recoger, al paso, algunas migajas de su sabiduría, con la alegría propia del que quiere aprender. Sin embargo, la esposa del chef suele ser mal pinche. Esta, casi nunca llega a entender la relación propia entre chef y ayudante; ni aprecia apenas nada los conocimientos que de esta colaboración pudiera obtener. Tampoco acostumbra a entender, porque su marido necesita ensuciar tantos y tantos cacharros, ni por que la sal hay que espolvorearla a medio metro de altura, por que hay que cubrir toda la mesa de harina, o sencillamente, porque hay que poner al mismo tiempo cuatro cazos en el fuego.

Y es que un chef, lo es siempre y en todas partes; y cuando cocina, lo hace siempre profesionalmente, aunque sea en casa, con todo lo que ello conlleva. Sin embargo, cuando acaba, y la comida esta servida, al quitarse el delantal y mirar a su alrededor, se da cuenta de que ha de recoger y limpiarlo todo el mismo, por que su esposa, esta sentada en la mesa con los invitados, es entonces cuando se lleva las manos a la cabeza gritando:

¡¡¡ Mi reino por un pinche!!!