miércoles, 26 de septiembre de 2012

La bondad del comedor de macarrones



Se ha escrito que las preferencias gastronómicas de las personas, dicen mucho de su carácter; no se, como en todas las cosas, unas veces si, otras no, y otras tampoco.  Los vegetarianos esgrimen que comer carne, provoca agresividad, desboca la adrenalina. Los macrobióticos,  granivorianos, lacto-cerelianos, frugivistas,  esteinerianos,  eubióticos, flexitarianos,  pescetarianos, y otros grupos  dietéticos, esgrimen diferentes razones, todas ellas demostradas por  su ciencia particular., que es la verdadera,  por la que su forma de alimentase, es las mas correcta y sobre todo, la mas natural. Suelen olvidar, generalmente, que esa misma naturaleza sabia, doto al ser humano de una dentadura perfecta para desgarrar y masticar carne,  y que a pesar de que la evolución de la especie, nos ha llevado a viajar al otro extremo del universo conocido, aun no nos ha desprovisto de nuestros “innecesarios” colmillos. Es igual. Puede que tenga razón.

Josep Pla decía, escribió, que “los vegetarianos, naturistas herbívoros, aguaclaristas, infusionistas, nudistas y en general toda clase de puritanos, son susceptibles de odiar a sus semejantes en grado máximo. En cambio, una cierta debilidad ante las cosas de la vida – un punto de gula, una poco de pereza, una ráfaga de voluptuosidad – parece estar de acuerdo con un estado de tolerancia, de inocuidad, de mansedumbre” Pla tenia estas cosas. Sentenciaba con la vehemencia de un fiscal  y con la autoridad de un juez. A menudo, sus puntos de vista son mas que discutibles, y en este caso, desde luego,  al menos exagerados, aunque es cierto que si bien, la frase en si no es mas que mera provocación, un enunciado, el concepto es comprensible y es cierto, que aquellos que son extremados en su forma de entender la alimentación, lo son también en otros aspectos de la vida, como dice  T. Harv Eker, el autor de numerosos libros de los llamados de auto ayuda, como "Los secretos de una mente millonaria": como haces una cosa, las haces todas.

En todo caso, y dejando de lado complicadas elucubraciones filosóficas, es evidente, que en algunas ocasiones, el gusto por algún tipo de recetas, es posible que nos hable del carácter de un individuo. Estudios realizados en diferentes universidades americanas, así lo aseveran. Es fácil por ejemplo, dejarse seducir por la presencia bondadosa de una fuente de macarrones a la crema,  bien gratinados, con ese dorado crujiente y apetitoso que los hace realmente enternecedores; ¿Como dudar de la cordial afabilidad de un comedor de macarrones? No puede haber una imagen más sosegada y placida. Sin embargo, recuerdo haber leído que los macarrones a la boloñesa, eran el plato favorito de George Busch. ¡Que gran dificultad tiene el estudio de la mente humana ¡

domingo, 23 de septiembre de 2012

La bicicleta de carreras Titán, y un bocadillo de jamón.



La bici.
Era una tarde de junio de 1975. Estaba a punto de empezar a trabajar en un hotel y mi padre, me llevaba al mecánico de motos para comprarme, creía yo, una moto con la que ir al trabajo, mi primer empleo. Tras una breve explicación, el mecánico nos acompaño al fondo del taller para enseñarnos una posible moto para mi; tan solo verla me enamore, era una Bultaco Lobito amarilla, preciosa, en un estado aparentemente perfecto. El corazón me iba a cien mientras mi padre negociaba el precio con aquel tipo. De repente, la frase que lo cambio todo. .- Oye, ¿que edad tiene el chaval? ¿ Ya tiene carnet?. Mi padre, que habitaba un mundo aparte, ese universo de chefs desubicados, en donde esos detalles suelen pasar inadvertidos, ni siquiera había pensado en ello. Pero el bocazas del mono azul, metió la pata hasta el fondo. No vendió la moto, una Lobito que deje de tener y que jamás tuve después. Salí de la tienda en bicicleta, de carreras, marca Titán, de color dorado y un aspecto alucinante, pero  bicicleta al fin.  
El bocadillo 
El recuerdo de antes del accidente es confuso. Algo sucedió que nos obligo a mover todas las cajas del almacén. Creo recordar que estallo una tubería de agua y lo inundo todo. Tuvimos que cerrar esa tarde, y largarnos a casa a la hora de cenar. El chef, un tipo muy malcarado, con barba, que quería acabar la temporada para entrar en la legión, preparo unos bocadillos de jamón para todos. Cogí el mío, y decidí comérmelo de camino a casa. Tenía hambre, pero una tarde de fiesta, había que aprovecharla. Me cambie de ropa, y con el bocadillo de jamón en el bolsillo, emprendí la vuelta a casa. 

El desenlace
El hotel estaba en las afueras, a unos cuatro kilómetros de mi casa. El primer tramo, era de suave bajada, por un camino vecinal con arbolitos a los lados. Como un ciclista profesional, solté el manillar de la bici, saque el bocadillo, y empecé a comérmelo. No podía esperar. Tenía prisa. En mis recuerdos, de entonces, de tiempo después, de antes de ayer, siempre tengo prisa. Maldita sea. En un bache cualquiera,  la bici se fue hacia la derecha, trate de enderezarla hacia el centro,  pero marchaba  irremediablemente hacia la cuneta. Iba a caerme. Tenía que soltar el bocadillo de jamón y sujetar el manillar. No pude. Nadie en su sano juicio tira un bocadillo de jamón. Me estrelle contra un bonito y duro árbol ornamental y salí volando por encima del manillar. Caí dando volteretas,  sin apenas dignidad, pero protegiendo el bocadillo con mi cuerpo. Acabe sentado, a tres o cuatro metros de la bici de carreras marca Titán. Mire a mi alrededor y comprobé que nadie me había visto.   Tenía las rodillas magulladas, y los codos ensangrentados. El bocadillo de jamón estaba bien. Nada grave. Acabe de comérmelo sentado bajo aquel bonito árbol ornamental.  

martes, 18 de septiembre de 2012

Moras y los frutos del bosque perdido



Los frutos del bosque, aparecen en mi memoria como adornos comestibles,  engalanando los arbustos y arboles propios  del campo que me vio crecer, corriendo,  entre sus verdes cortinajes, escribiendo salvajes aventuras imaginarias; copiadas de los libros que me acompañaron en mi infancia; las aventuras de Tom Sawyer, Huckleberry  Finn,  o mas tarde, los Cinco,  de Enid Blyton. Fresas silvestres, frambuesas delicadas, grosellas traslucidas, sobrios arándanos   o aquellas moras,  que iban del rojo áspero y llamativo, al negro discreto y  dulzón. Sin embargo, jamás en ninguno de mis bosques,  logre encontrar casi ninguna de estas frutas; tal vez propias de la campiña inglesa literaria, o de los prados del oeste americano de Lucky Luke, o sencillamente, tan solo  licencias literarias con las que embellecer entrañables descripciones,  que me hacían soñar mundos lejanos,  maravillosos, tal vez por su misma lejanía. 

En todo caso, mis bosques inmediatos, aquellos en los que corría, con pantalones cortos y los bolsillos vacios,  desgarrando calcetines entre sus espinosos matorrales, nunca me ofrecieron un repertorio tan amplio y  colorido de frutas. Tan solo los madroños, que adornan sus ramas en invierno como arboles de Navidad suculentos;  y por supuesto, las zarzamoras, autenticas cenefas espinosas de aquellos caminos y sendas que me perdían, como a   Hansel y Gretel, hacia el bosque más mágico y remoto. Cogía aquellas moras negras y calientes bajo el Sol, disfrutando cada una de ellas, con parsimònia, dejándome llevar como un auténtico hijo del bosque, salvaje inocente en la naturaleza. Las moras eran el regalo, la recompensa y la promesa de un bosque amable y misterioso,  que me acogía sin embargo,  en su seno,  como a una mas de sus criaturas. 
 


sábado, 8 de septiembre de 2012

Verano del 77 y una Montesa Brio





Era el verano del 77, y aquel tipo era mi segundo o tercer chef. Yo era un ayudante de cocina despistado y risueño, tan interesado en la cocina como en la física quántica. Pero había aceptado un soborno paterno a cambio de trabajar aquel verano en la cocina. Se trataba de una preciosa Derbi Diablo,  que yo  aparcaba en la puerta del garaje del hotel cada día cuando llegaba a las seis y media de la mañana. Pero lo de la Derbi es otro tema. El segundo de cocina también tenía una Derbi, en este caso la clásica  de la época, la Tricampeona, la de tres marchas creo, que se gano el apodo de Derbi Paleta, no hace falta explicar por que. 

El segundo de cocina, en invierno, era paleta, en verano, según el, el mejor maestro que me podía haber tocado en mi corta experiencia culinaria. No recuerdo nada de lo que el cocinaba. De lo que cocinaba el chef si; no mechas cosas tampoco, no voy a engañar a nadie. A mi, lo que me interesaba del chef, era una preciosa Montesa Brio de color rojo con la que venia de vez en cuando a trabajar. Era una autentica joya; clásica ya entonces, la  tenia conservada en un estado de absoluta perfección. Relucía al Sol como un espejo, y al arrancarla, sus dos escapes sonaban deliciosamente metálicos, como una metralleta. Su asiento en forma de guitarra, posteriormente usado en las Impalas, me fascinaba, y ver al chef llegar por la rambla conduciéndola lentamente, con cierta parsimonia, y con un purito en los labios, era para mi autentica poesía visual; una postal de época. 

Otros días en cambio acudía con una sencilla Mobilete de color ladrillo también muy de moda en la época.  Con ella acudía al mercado de la plaza a comprar verduras y frutas para el hotel. El iba como un verdadero aristócrata de puesto en puesto, hablando con paveses y verduleros, removiendo los cestos de mimbre sin apenas consideración, sospesando tomates, pimientos o calabacines y negociando precios como un mercader veneciano. Finalmente, hecha la compra, me tocaba a mí cargar las cajas y disponerlas en una carretilla que el chef arrastraba, mediante un ingenioso mecanismo de su invención, con la Mobilete hasta el hotel. Algunas veces, cuando el chef venia a pie a trabajar, yo sustituía a la Mobilete y corría tras él arrastrando la carretilla cargada de cajas hasta el hotel. Me sentía como los chinitos de los comics de Tintín, que leía por aquella época. Sin embargo, no me parecía en absoluto un trabajo humillante ni vergonzoso, si no que me sentía uno mas de los personajes de aquel gran teatro de la vida que era el mercado de la plaza. 

Como  es fácil imaginar, me pase el verano pidiéndole, suplicándole que me dejara probar la Montesa, pero no lo conseguí.  Al final del verano, se la vendió a un camarero del bar de la esquina, donde el tomaba sus cafés y jugaba a la butifarra. Aquello, si me pareció humillante y vergonzoso. Nunca más vi la Montesa Brio. 

miércoles, 5 de septiembre de 2012

GUZZI 500 IMOLA, UNA BALA ROJA



En aquella época me había hecho con una Guzzi 500 Imola. Se la compre por muy poca pasta al yerno de mi pescadero que la tenia olvidada en un garaje, cubierta de polvo como una maldita chatarra. Un anterior propietario la había preparado para correr, afinando el magnifico motor en V, y colocándole unos escapes tipo megáfono, que sonaban como truenos al acelerar. La moto corría como un autentico demonio, y aun recuerdo la sensación de volar a bajo a mas de 200 por hora sobre aquel misil rojo que rugía como un Ferrari y vibraba bajo mi culo,  como una lavadora enloquecida centrifugando. 

En una revista había visto unas fotos de Arzac subido en una Yamaha  y sabia que Arguinago viajaba frecuentemente en su BMW, por tanto, iba bien encaminado, aunque no se si los dos cocineros vascos, eran tan aficionados como yo a las velocidades prohibidas.  De todas formas, no tuve mucho tiempo aquella bonita Guzzi, el embrague empezó a patinar y la reparación era carísima. Se la devolví al pescadero y al poco tiempo,  me compre la moto de moda, una Honda Dominator de color azul con la que pronto descubrí, que a pesar de ser una trail, los caminos del bosque, son siempre demasiado pequeños, y los arboles, demasiado duros.