viernes, 27 de julio de 2012

CABEZA DE CERDO – Quinta y ultima parte –


Comiéndose la cabeza 

Ötzi era mi mascota, y nadie se come a su mascota.

La cocina de las cabezas, pertenece por derecho a la mas antigua y tradicional. La mas remota data de la prehistoria, cuando comer la cabeza de los animales cazados equivalía a apropiarse de sus mejores cualidades. Estas creencias esotéricas, sobreviven actualmente en algunas tribus localizadas en las selvas amazónicas y otros lugares con culturas tribales. Allí, aun se comen las cabezas de los pobres monos en la suposición de que al hacerlo, obtendrán grandes beneficios físicos, agilidad sin par y fuerza animal. También consumen cabezas de otros animales, o partes de ellas, en la búsqueda del afrodisiaco perdido.  No hace demasiado, en esos lugares y otros parecidos, las tribus antropófagas, caníbales vamos, comían la cabeza de sus enemigos para quedarse con sus virtudes. No esta claro que pasaba con los defectos!. 

Las cabezas siempre han estado presentes en la alta cocina europea, y lo mismo sucede en las cocinas tradicionales y populares. Enteras, o despeciadas en sus partes, las cabezas de cerdo, vaca y oveja, con su sesos, lenguas o quijadas, forman parte de innumerables recetas de todo tipo, desde los asados mas ostentosos y festivos, hasta los mas humildes guisos de cuchara y tropezón. 

Todos se comieron a Ötzi. Primero hice que la blanquearan en agua hirviendo, para dejarla bien limpia y eliminar los pelos de la barba, aunque el pobre Ötzi era prácticamente lampiño. Después, el mas hábil de mis cocineros deshueso la cabeza, con cuidado, separando toda la carne y la grasa de la piel. Yo controlaba la operación a cierta distancia, con reparos, tenia le sensación de que se estaba practicando una autopsia.  Pobre Ötzi, al cabo de una rato ya no estaba, había desaparecido; su humanidad estaba troceada sobre el tajo de madera. Mas tarde prepare unos garbanzos con los despojos de Ötzi, la cabeza de cerdo que me había acompañado durante casi un año; la que había posado para mi, pacientemente, sin perder la compostura,  mientras trataba de sacarle buenas fotos. Al cocinarlo,  pensaba cabizbajo que finalmente había cumplido su destino fatal, el que empezó en el matadero con el pincho en el cuello y acabo con el hachazo fatal que casi la partió por la mitad. Pobre, le había fallado, jamás llego a alcanzar fama alguna, y ahora se lo estaban comiendo el personal del restaurante, charlando y riendo como si no sucediera nada, sin consideración ninguna. Triste funeral. 

Yo no pude ni probar el guiso. Había querido a Ötzi como una autentica mascota, como otros quieren a sus perros, o a sus gatos, sin apenas diferencia. Deje de hacer fotos durante un tiempo y me puse a dibujar gambas y cigalas, langostas y bogavantes;  quería hacer dibujos grandes, muy grandes, con mariscos gigantescos, deliciosos monstruos marinos,   y llegue a hacer uno tan grande, que necesite una grúa para colgarlo en la fachada del restaurante, pero eso es otra historia 

miércoles, 18 de julio de 2012

CABEZA DE CERDO - Parte cuatro-



Perdiendo la cabeza.

La cosa no salió bien. Las fotos de Ötzi no tuvieron la aceptación esperada, ni las de la pecera, ni las que lo mostraban vestido de chef. El tema se estaba complicando, mi triunfo en la fotografía artística no llegaba, i el pobre de Ötzi, empezaba a tener mal aspecto en su estantería del congelador. Presente las fotos en varios concursos, e incluso pasee con ellas en las redacciones de la revistas de fotografía de la época, donde me dijeron algo así como que no encajaban en lo que se llevaba en ese momento, las tendencias. En una redacción, un tipo con barba me explico, mientras me mostraba una colección de fotografías en blanco y negro de sillas, muchas sillas, muchas fotografías, todas aparentemente iguales, que una obra singular debía enmarcarse en un contexto creativo, una especie de guión grafico con argumento, o algo parecido. Total, que debía complementar mis fotos de Ötzi con una colección de fotografías parecidas, crear una autentica obra completa.


Era eso. Y estaba decidido. Ya que nadie quería publicar mis fotos, haría mi propia exposición. Y no iba a ser una exposición placida, relajada i amable con el espectador, si no una autentica galería de imágenes gores, sangrientas, hirientes; quería que el papel fotográfico soportara un universo siniestro, oscuro, complejo y rebosante de emociones. El Titulo llego pronto: EXS ¡

Durante unos días corte cabezas a diestro y siniestro, convertí la cocina en una autentica sala de los horrores. Decapite conejos, pollos y patos, y jugué con sus cabezas como con un rompecabezas macabro y sangriento. Aquellos que estaban a mi alrededor me miraban anonadados, desconcertados, sin comprender el fin de mis acciones, el objetivó final de aquella barbará e innecesaria carnicería, festival de casquería y desfile de cráneos con los que yo pasaba las horas. Quería conseguir la imagen mas dura, la mas molesta, la mas difícil de ver. Clavetee cabezas de pato y las pinte de colores para hacerlas mas incomprensibles, jugué con ellas y hasta dispuse sangrientas cabezas de conejo saliendo de la barriga de infantiles muñecas, como alliens enfurecidos. Eran imágenes impactantes, inhumanas, que a nadie dejaban indiferente, un autentico horror. Disparaba fotografías como un loco, incesantemente, estaba obsesionado por la imagen final, la definitiva, aquella que iba a ser cabeza de cartel, la imagen. Ötzi también obeservaba todo aquel frenesí con una mirada agria de incomprensión, creo que se sentía desplazado en aquella barbarie, y mí miraba fijamente como diciendo: Tío, estas perdiendo la cabeza. Una tarde, saque a Ötzi del congelador, y le pegue un hachazo en mitad de la frente.

jueves, 12 de julio de 2012

CABEZA DE CERDO - Parte tres -






Cabeza de chef 

Cada noche, finalizaba mi ronda por las cámaras, elaborando la lista de la compra para el día siguiente, en el congelador. Allí estaba Ötzi, como le llamábamos todos tras unas semanas de estar con nosotros, mirando fijamente a quien entrara, como llamando la atención, tal vez buscando conversación; lo cierto, es que pasado un tiempo, ya nadie la hacia demasiado caso; de vez en cuando se caía al suelo, dando humillantes volteretas y golpeándolo todo con sus afiladas orejas congeladas. Lo recogían sin miramiento ninguno y lo lanzaban de nuevo a su lugar, como un objeto inanimado, sin consideración ninguna. Aquello me enojaba, y de vez en cuando tenia que amonestar a algún cocinero por ello, después colocaba a Ötzi en su lugar y el me miraba agradecido. A menudo me sentaba en una caja de merluzas chilenas, o sobre un fardo de calamares, y dejaba pasar el rato a 22º bajo cero mientras charlaba con Ötzi.

- Que vamos a hacer amigo? Te estas estropeando y no se que hacer contigo…no me mires así, ya se me ocurrirá algo.

Y una tarde cualquiera, se me ocurrió. De repente, como se me ocurren casi todas las cosas importantes, quería hacer fotografías artísticas que fueran las mas originales del mundo. Así, con el convencimiento que suele otorgar la ignorancia, y la osadía de la juventud. Me lleve a Ötzi a casa, y sin dudarlo un segundo, siguiendo ese arrebato repentino de inspiración, lo vestí de chef. Y lo hice bien, con todos los atributos necesarios un alto gorro tipo toque, una blanca americana de botones redondos, de algodón y hasta un autentico bigote de chef, un señor mostacho que podría honrar la cara de cualquier gran chef francés. Finalmente, le dispuse un fondo y unas luces adecuadas y dispare la cámara fotográfica. Una semana mas tarde, con las copias en papel de 20 x 30, pude comprobar que el resultado era espectacular. Ötzi ofrecía un autentico aspecto de chef, y no uno cualquiera, si uno de verdad, de aquellos viejos cocineros que impartían conocimientos, y justicia dentro de sus cocinas, un chef de semblante serio y decido, de mirada perspicaz y fuerte carácter. He de decir, que la fotografía de la cabeza de cerdo disfrazada de cerdo era tan veraz, que sentí cierto escalofrió, y no por no haber conocido ya, mas de tres cerdos cocineros. 


Aun así, y ya envalentonado por mi primer éxito fotográfico, decidí proseguir en mi incipiente carrera como fotógrafo artístico y planee aquello que llamaban, una naturaleza muerta, en este caso, muy bien empleado el termino. La siguiente idea fue casi inmediata: Metí a Ötzi en la pecera de casa, frente a la asombrada mirada de mis hijos que no entendían que diablos hacia su padre, con aquella enorme y extraña cabeza de grandes orejas Spock; no estoy seguro que supieran de que animal se trataba, o tal vez, ni llegaron a imaginar que aquello hubiera pertenecido alguna vez siquiera a un animal vivo; probablemente pensaban que se trataba de una grotesca mascara de carnaval. Previamente le había puesto a Ötzi unas gafas de buceo y un tubo para respirar; a través de ellas, parecía observar el falso paisaje marino en el que estaba sumergido, mientras mis peces de colores nadaban nerviosos a su alrededor, alterados por la súbdita presencia de aquella cosa que inesperadamente, ocupaba la mitad de su pecera. Para complementar aquel paisaje surrealista que había creado en la pecera del comedor de mi casa, coloque un tren, con vías y todo, dentro del agua, bajo los morros de Ötzi, que por otra parte, empezaba a descongelarse.

Las burbujitas subiendo desde la almeja gigante, la cabeza de cerdo mirando a través del cristal de sus gafas y mis peces payaso dando vueltas como locos, mientras el trenecito esperaba en las vías que el jefe de estación diera la salida. Era todo un espectáculo daliniano, un autentico delirio; aquella si era la foto que iba a sacar a Ötzi del anonimato de las cabezas cortadas. Dispare las fotos con mi Yashica y lleve ansioso el carrete a revelar.